
Un cerro donde divisar el origen de la ciudad
Estamos en el único jardín de la ciudad cuyo paseo se distribuye en terrazas a lo largo de un cerro. Al recorrerlo, paseamos por parte de la historia de este lugar, cuando sus laderas eran el huerto del antiguo Convento de San Vicente. Este espacio ha sido testigo de la llegada de las hortalizas de ultramar, en un país que no conocía las patatas, los pimientos o los tomates, hasta que avanzaron las expediciones a través del Atlántico. El recorrido es ascendente, terraza a terraza, con una pendiente suave y accesible. En cada parada hallamos un atractivo vegetal diferente.
A la entrada nos recibe el aroma de los tomillos, intenso y reconocible. Estas alfombras se cubren de diminutas flores amoratadas, blanquecinas o verdosas, aportando una tonalidad llamativa. Nos llegará el rumor de los polinizadores, esos seres diminutos que permiten que las plantas se fecunden y den frutos y semillas para volver a comenzar el ciclo de la vida. Sus zumbidos son el indicador de un espacio vivo y saludable.
Las laderas están tapizadas, en varios de sus tramos, de romero, con tallos que descienden por la pendiente y ofrecen sus flores a lo largo de todo el año. También podemos buscar las madreselvas, que cubren la tierra con un verdor diverso y fresco. Ambas se combinan de forma agradable con las lavandas de las pequeñas llanuras, plantas de espigas elevadas que muestran un morado aromático y bello.
Dentro de esta atmósfera de esencias pronto reconoceremos una de identidad mediterránea: las jaras. En plena expansión primaveral mostrarán sus pétalos blancos marcados con una pequeña y estilosa mácula. Es un arbusto agradecido, resistente a la escasez de agua, como gran parte de la vegetación de este jardín, diseñada para adaptarse a un clima cada vez más cálido y seco.
Encontramos sorpresas como el saúco. Este matorral de alto porte suele aparecer de forma espontánea, sin haber sido sembrado por mano humana. Son aves como el mirlo, la curruca o el zorzal quienes dispersan esta hermosa especie por los lugares más insospechados. Consumen sus frutos y transportan las semillas por toda la ciudad y todas las alturas. En este viaje de vuelos y semillas surgen anécdotas insospechadas: un saúco creció hace unos años en el cimborrio de la catedral y otro en las torres de la Clerecía. La naturaleza no tiene límites.
A medida que ascendemos, nuestra mirada se abre a la Vaguada de la Palma, un pequeño valle donde el arbolado da lugar a uno de los espacios más paseables de la ciudad. Castaños de Indias, fresnos y tilos conjugan sus ramas con los parterres, formando una composición floral colorida y armoniosa.
Prueba a encontrar...
…los viejos almendros dispersos por el cerro. Rescatan la memoria de un lugar destinado a estos árboles frutales, austeros y tenaces. En febrero ya están en flor y alegran la salida del invierno que desnuda los árboles. También se esconden un membrillero y un manzano, achacosos por los años y testigos vivos de esta crónica de un cerro donde arranca la historia de la ciudad de Salamanca.
