
Cuando el jardín se cultiva desde la literatura
Entrar por el arco de la Calle Arcediano es dar el primer paso hacia un lugar donde las palabras de Fernando de Rojas se convierten en huerto. Basta con detenerse un instante en la entrada, bajo la sombra amable de los laureles, y ser consciente de caminar por un espacio diferente.
Conviene dar unos pasos más y situarse en la plazoleta del pozo. Un imponente nogal ocupa una de las esquinas. Sus esencias son discretas. Sus nueces no pasan desapercibidas a las urracas: unas las consumen, otras las esconden como despensa de invierno. En ocasiones las olvidan y se convierten en un nuevo árbol a las orillas del Tormes.
Desde esta plazuela, lo recomendable es dejarse llevar hasta la balconada abierta hacia la Avenida del Rector Esperabé. Hasta hace no muchos años, este observatorio miraba hacia los huertos de la vega del río. Hoy se recrean en pequeñas parcelas dentro del jardín. A lo largo de las estaciones vemos crecer las alcachofas, con sus hojas de acanto y los tonos morados sobre las escamas verdes.
Seguir el sendero pegado a la muralla es descubrir el gran tilo, con su copa en forma de corazón. Durante los meses desnudos del invierno se ofrece como un dibujo de ramas en filigrana, apuntando hacia lo alto. Al comienzo del verano se llena de flores sedantes, con un aroma denso para invitar a la calma y a la siesta imprevista en los bancos de granito.
No hay prisa para continuar, porque este enclave siempre regala sorpresas. Al avanzar se abre el Jardín del Visir, un rincón donde respirar agua y sombra. Allí canta una fuente discreta, junto a un peral añejo. A su alrededor, una muralla formada por plataneros de sombra filtra la luz e invita a descubrir, entre sus huecos, la silueta de la torre de la catedral.
Si buscamos de nuevo la salida, los pies nos conducen hacia las pérgolas, donde las madreselvas trepan en silencio mientras perfuman la vista. Un tejo solemne y una palmera datilera marcan un contraste casi caprichoso, un guiño botánico a tierras lejanas de uno y otra.
A menudo sucede que, por apresurarnos, olvidamos alzar la vista para contemplar la gran morera histórica, apoyada sobre horquillas que la libran del derrumbe. Muy cerca se encuentra el busto de la Celestina, obra del escultor Agustín Casillas. Esta figura de bronce resume la esencia de todo el huerto: un homenaje vivo y umbroso a la obra inmortal de Fernando de Rojas.
Prueba a encontrar...
…el ginkgo del jardín del Visir. Un árbol joven y cargado de simbolismo en la cultura japonesa. Durante la Segunda Guerra Mundial, varios ginkgos sobrevivieron a la bomba atómica de Hiroshima, a pesar de estar a poca distancia del epicentro. Estos árboles, conocidos como hibakujumoku (árboles sobrevivientes a la bomba), volvieron a brotar e ntre las ruinas cuando todo parecía arrasado. Por eso, desde entonces, el ginkgo se considera un emblema de fortaleza, renacimiento y paz.
