
Un gran balcón al río Tormes
El Jardín de la Merced es un gran balcón al río Tormes. Uno de los placeres que nos depara visitar este jardín es el acercamiento. Si nos aproximamos desde la Plaza de Elio Antonio Nebrija, no solo podremos admirar su trabajada escultura, obra de Pablo Serrano, sino también recorrer la sombra de las pérgolas que se prolongan a lo largo de toda la calle. Las glicinas son las plantas trepadoras que cubren este enrejado, y en su época de floración los tonos malva invitan a sentarse en los bancos de granito y observar las idas y venidas de los insectos polinizadores.
Para entrar en el jardín debemos atravesar un conjunto de tejos, ordenados geométricamente alrededor de dos fuentes. Desde el inicio, nos recibe el agua con su acústica agradable y atrayente. Los árboles están podados en forma cónica, lo que les confiere armonía con el conjunto del lugar. El espacio entre los verdes nos permite elegir qué imagen queremos llevarnos en la memoria o capturar con nuestra cámara. En algunos ángulos, recuerda a un gran tablero de ajedrez donde los peones se han transformado en los hermosos tejos. Para completar la analogía, las figuras nobles de alfiles, torres, reyes y reinas están representadas por los árboles más altos dentro de las rejas.
Una vez atravesada la puerta, nos hallamos inmersos en la umbría de un paseo de cipreses. Altivos, nos observan desde sus ramas como guardianes del lugar. El centro de este espacio lo ocupa de nuevo una fuente, custodiada por un conjunto de cedros. Allí hacen parada los gorriones del barrio, aves inquietas con sus nidos alojados entre la espesura de los cipreses. En las épocas de celo, trinan alto y convierten a los árboles en seres melodiosos.
Recorreremos todo el paseo hasta llegar al mirador al río. En contraste, esta plataforma es toda luz: cielo abierto sobre el río Tormes y un gran bosque más allá de los tejados pegados a la muralla. Fresnos, chopos, sauces y álamos aportan una variedad de verdes a la ribera. Desde aquí podremos observar una fauna ribereña muy diversa. La blancura de las garcetas contrasta con el plumaje negro de los cormoranes. El gris de las garzas se alterna con los colores metálicos de los grupos de ánades reales. Al atardecer, los bandos de grajillas llenan la atmósfera con sus gritos, deambulando de aquí para allá hasta finalmente posarse y dar comienzo a la noche.
Es muy recomendable salir hacia el río por la bajada de la calle San Juan de Alcázar, ya que en pocos minutos nos situará a los pies del Puente Romano.
Prueba a encontrar...
… los saúcos, atravesados por las elaboradas rejas vecinas a la Facultad de Matemáticas, cuando se acerca la noche de San Juan suelen estar rebosantes de sus ramos blancos. Entonces percibiremos el dulzor de su aroma cuando todo lo conquista. A medida que avanza el verano, los frutos pasarán del verde a un morado intenso. Es el momento de las currucas capirotadas, aves enamoradas de sus frutos, a los cuales acceden con posturas más propias de un contorsionista o un equilibrista.
