Entre cedros monumentales y edificios históricos

Sin duda, la de Anaya es una de las más bellas plazas de la ciudad. La combinación del verde del arbolado y el dorado de las catedrales provoca una hermosa escena, siempre en cambio.

Hasta 1811, esta plaza estuvo ocupada por una pequeña barriada de casas, algo difícil de imaginar en la actualidad. Es en esas fechas cuando el jefe militar del ejército francés, el General Thiebault, manda derribarlas e incluso realiza un primer diseño del futuro espacio ajardinado.

Desde entonces, la plaza ha tenido varias vidas y paisajes. Comenzó como un solar de tierra y, con el tiempo, se convirtió en un primer jardín con acacias. Es en los años setenta del pasado siglo cuando adquiere la configuración actual. Surge la ordenación en parcelas cuadradas llamadas parterres.

A partir de ese momento, los cedros se convierten en la personalidad del espacio. Conjugan muy bien su presencia con la torre de la Catedral Nueva. En concreto, son cedros del Atlas, cuyo paisaje de origen son las montañas marroquíes del mismo nombre. Sus bosques, en el norte de África, son el hábitat de los macacos de Berbería, los mismos habitantes del Peñón de Gibraltar. ¿No resulta sorprendente?

No debemos olvidarnos de observar con detenimiento la hermosa sequoia plantada en 1976 por D. Pablo Beltrán Heredia y Onís, entonces alcalde de la ciudad. En su discurso de plantación dejó reflejado un especial deseo: “Cuando esta sequoia crezca y su copa divise la del ejemplar del Claustro de la Universidad, ambas serán símbolo del hermanamiento entre la ciudad y la institución académica”. Hoy en día, ambas copas se divisan mutuamente.

Y la plaza no tendría la misma sonoridad sin la presencia de las cigüeñas. El castañeo de sus picos se une al canto de las campanas de la catedral para llenar todo el conjunto de una acústica propia. Sentados en las escaleras del Palacio de Anaya, es muy placentero verlas volar mientras planean para acercarse a sus nidos. El más nobiliario de todos es el situado sobre el propio escudo del Palacio de Anaya. Forma ya parte de esta obra de cantería y la dota de vitalidad con su presencia.

Si eres paciente, en la primavera podrás localizar el vuelo de los halcones peregrinos. Una pareja vive en sus tejados y, a la vez, disuade la presencia de las palomas.

En la noche, cuando el conjunto catedralicio enciende su iluminación artística, es posible ver unas aves de plumaje claro. Se trata de los cernícalos primilla, quienes salen a alimentarse de las polillas ubicadas frente a los focos. Sus vuelos son una auténtica coreografía de movimientos ascendentes y descendentes, giros y requiebros.

Prueba a encontrar...

… el abedul escondido en un rincón junto a los muros de la Catedral. Es un ejemplar elegante, de corteza muy blanca y hojas con forma de rombo. En su anonimato, lleva varios años contemplando el paso de los estudiantes universitarios del Edificio Juan del Encina y de los visitantes, mientras rodean la catedral para dirigirse al Huerto de Calixto y Melibea. Este puede ser tu próximo destino, si no lo has visitado aún.

Ubicación

Entre la Catedral y el Palacio de Anaya  MAPA 🡥

Horarios

Todos los días las 24 h.

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